Para todos nosotros, Sergio Seco Martínez fue, sencillamente, Seco
Este fin de semana nos duele tener que honrarle por este motivo. Mucho. Pero también sentimos un enorme privilegio por haber compartido el camino. Porque la verdadera suerte no fue tener tantos recuerdos. La verdadera suerte fue que muchos de ellos fueran con él.
Sus amigos de Matamorosa
Quienes crecimos con él en el barrio, quienes compartimos con Seco la infancia, la adolescencia y buena parte de la vida, así es como le recordamos. No solo por la persona en la que se convirtió, sino por todos los momentos vividos a su lado, por las aventuras, las risas y los recuerdos que dejó en cada uno de nosotros. Para todos nosotros, Sergio Seco Martínez fue, sencillamente, Seco.
Cuando pensamos en él, no pensamos primero en el hombre que llegó a ser. Pensamos en aquel niño delgado, con gafas, al que le gustaba el ajedrez y que nos animaba mientras jugábamos al baloncesto en el patio del colegio.
Pensamos también en aquellos domingos en los recreativos, en los futbolines, jugando rayas y los paredones en las escuelas, en nuestras charlas de chavalucos en las que arreglábamos el mundo sin saber todavía casi nada de él. Y en aquellas interminables noches de verano jugando al rescate, corriendo por el pueblo, asaltando huertas y viviendo aventuras que entonces nos parecían enormes y que hoy son algunos de los recuerdos más valiosos que conservamos.
Y cómo no acordarnos de los cumpleaños de aquellos años. No hacían falta grandes celebraciones para ser felices. Bastaba reunirnos en casa de alguno, soplar las velas, merendar un bocadillo, jugar hasta que anochecía y volver a casa con la sensación de haber vivido un día inolvidable. Eran cumpleaños sencillos, de los de antes, pero en todos ellos estaba Seco, compartiendo risas, travesuras y esa amistad que, sin que ninguno lo supiera entonces, iba a acompañarnos durante toda la vida.
Y cómo olvidar las Marzas. Esperábamos aquel día con la misma ilusión con la que se esperan las mejores tradiciones. Íbamos de casa en casa cantando, recorriendo el pueblo entre risas, orgullosos de mantener viva una costumbre que sentíamos como nuestra. Lo de menos era lo que nos dieran al final de cada visita; lo verdaderamente importante era estar juntos, compartir aquel día y volver a casa con la sensación de haber vivido otra aventura más. También en esas Marzas estaba Seco, disfrutándolas como uno más, formando parte de esos recuerdos que el tiempo no ha conseguido borrar.
Pensamos en aquella bicicleta azul, aquella Conor que era un auténtico hierro. Estamos convencidos de que ninguna bicicleta de las que ha tenido nunca ha hecho tantos kilómetros como aquella. Seco parecía no bajarse nunca de ella.
Y llegaron los veranos: los baños en el pantano, en la mina Fontoria... Nadie se tiraba de cabeza como él. Parecía que no conocía el miedo.
Después apareció aquel Opel Kadett rojo. Muchos de nosotros sabíamos que llegaba antes de verlo. Se escuchaba la correa antes de que doblara la esquina, y ya sabíamos que era Seco, que venía a buscarnos para cualquier plan que surgiera.
Con él llegaron los primeros paseos por el monte buscando cuernos. Las primeras noches fuera de casa. Aquella cabaña que construimos en mitad del monte de Suano y donde pasamos una noche inolvidable, escuchando cómo los animales se acercaban mientras nosotros intentábamos aparentar tranquilidad.
Llegaron también las rutas de montaña. Algunas que hoy parecen una locura. Como cuando empezamos subiendo El Cuchillón y terminamos en la Cueva del Cobre. O aquella vez que bajamos desde El Chivo y, cuando ya estábamos abajo, empezó a nevar y tuvimos que subir otra vez a toda prisa. Aquel día descubrimos que subir montañas no era lo nuestro... aunque sí lo era de Seco.
La única vez que hicimos la Ruta del Cares fue con él. Y, cómo no, al día siguiente de las fiestas del Barrio Mallorca... y del tirón. Porque con Seco las cosas nunca eran a medias.
¿Y qué decir de aquella locura de ir desde El Chivo hasta Potes en un solo día? Hoy cuesta creerlo, pero entonces solo era otro plan más.
También compartimos muchos años jugando la liga de fútbol sala con Piensos Santiurde. Éramos como el Racing: capaces de ganar a cualquiera y de perder con cualquiera. Y cuando llegaban los veranos, allí estábamos apuntándonos a torneos en Peña Híjar, Villacantid o Cervera de Pisuerga. Lo importante nunca fue ganar. Lo importante era seguir estando juntos.
Y cómo olvidar las noches del Yuki Acha. En una época en la que no existían los móviles, no hacía falta escribir un mensaje. Todos sabíamos que entre las diez y media y las once la cuadrilla estaría allí. Incluso los viernes. Era nuestro punto de encuentro. Nuestra manera de decirnos que seguíamos juntos.
No todo fueron momentos agradables, desde luego. Recordamos cuando ingresaron a Seco por una gastroenteritis en la clínica. Sin hablarlo demasiado, todos pasábamos a verle cuando volvíamos a casa. Era algo natural. Porque cuando uno de la cuadrilla estaba mal, los demás aparecían.
Y, por supuesto, las historias que hoy nos hacen reír. Como aquella despedida de soltero en Gijón, cuando conseguimos perdernos hasta salir de la ciudad y un repartidor de flores, viendo el panorama, decidió acercarnos al hotel. No sabemos qué pensaría al vernos... pero seguro que esa historia también habría acabado siendo una de las favoritas de Seco.
Al final, cuando pensamos en él, nos damos cuenta de que no recordamos un solo momento concreto. Recordamos toda una vida. Porque Seco estuvo presente en nuestra infancia, en nuestra adolescencia y en nuestra vida adulta. Estuvo en los planes, en las aventuras, en las risas y también en los momentos difíciles.
Con el paso de los años, la vida nos fue llevando por caminos distintos. Llegaron el trabajo, las familias, las responsabilidades y cada uno fue escribiendo su propia historia. Ya no era tan fácil vernos como antes, y seguramente no lo hicimos todo lo que nos hubiera gustado. Pero nunca dejamos de encontrarnos. Siempre aparecía un momento para quedar, para compartir una comida, una charla o unas risas, y bastaban unos minutos para volver a sentir que el tiempo apenas había pasado. Porque hay amistades que no necesitan verse todos los días para seguir siendo las de siempre, y la nuestra con Seco era una de ellas.
Este fin de semana nos duele tener que honrarle por este motivo. Mucho. Pero también sentimos un enorme privilegio por haber compartido el camino con él. Porque la verdadera suerte no fue tener tantos recuerdos. La verdadera suerte fue que muchos de ellos fueran con él.
Y sabemos que, cada vez que pensemos en ti, muchos volveremos a verte como siempre: recorriendo el pueblo en tu bicicleta, camino del trabajo, avanzando sin manos con esa naturalidad que solo tú tenías, como si el equilibrio nunca hubiese sido un problema para ti. Así es como te quedas con nosotros: en movimiento, con tu sonrisa tranquila, formando parte para siempre de las calles y de la memoria de este barrio.
Gracias por todo, Seco.











