La península de La Lastra fue concebida hace un cuarto de siglo como uno de los grandes proyectos ambientales y turísticos del Alto Ebro. Se construyeron edificios, se acondicionaron caminos, se prepararon alojamientos y equipamientos y se levantaron infraestructuras para facilitar el acceso a un enclave privilegiado del Embalse del Ebro. El proyecto llegó a abrir sus puertas, pero apenas unos años después terminó cerrado. Hoy, un cuarto de siglo después de aquellos primeros trabajos, La Lastra continúa siendo uno de los grandes proyectos pendientes del sur de Cantabria.
Quien recorre estos días La Lastra, puede encontrar todavía las huellas de un proyecto que, a comienzos del siglo XXI, pretendía convertir este enclave natural en un referente de educación ambiental, divulgación de la naturaleza y desarrollo turístico para la comarca de Campoo.
La idea había comenzado a gestarse varios años antes, pero fue entre finales de los años noventa y los primeros años del nuevo siglo cuando aquel proyecto empezó a tomar forma.
La creación de la Fundación Alto Ebro en agosto de 2000 supuso uno de los pasos decisivos. En ella participaron distintas administraciones y entidades vinculadas al territorio y al desarrollo del proyecto. Entre ellas se encontraban la Confederación Hidrográfica del Ebro, FEVE, los ayuntamientos de Campoo de Yuso y Las Rozas de Valdearroyo, el Gobierno de Cantabria y la Empresa de Residuos de Cantabria. La CHE cedió el uso de la península para desarrollar el futuro centro medioambiental y se planteó una actuación mucho más ambiciosa que la simple construcción de unos edificios. La intención era crear un auténtico espacio de educación y divulgación ambiental.

Una península convertida en proyecto
El plan contemplaba la recuperación y puesta en valor de unas 300 hectáreas de la península. Sobre el terreno comenzaron a construirse las instalaciones que debían convertirse en el corazón del futuro complejo: un Área de Acogida, un Aula de la Naturaleza y un Edificio de Naturaleza. Pero La Lastra no se concebía únicamente como un conjunto de edificios.
Se proyectaron caminos, recorridos, miradores, pasarelas y observatorios que permitirían descubrir el paisaje y la fauna del entorno. Incluso se planteaba la recuperación de un pequeño curso de agua para recrear un río de montaña con cascadas y convertirlo en un espacio de observación de especies como la trucha, la nutria o el martín pescador.
La naturaleza debía convertirse en el principal recurso del proyecto. Y también en una herramienta para intentar frenar la pérdida de población y actividad económica que había sufrido históricamente esta zona del Alto Ebro.
El problema del acceso
Pero desde el principio hubo un elemento que condicionaba cualquier futuro para La Lastra: el acceso. La península se encontraba en un enclave extraordinario desde el punto de vista paisajístico, pero su conexión por carretera constituía una de las principales dificultades para hacer viable el proyecto. La respuesta fue una importante inversión pública en infraestructuras.
La Confederación Hidrográfica del Ebro impulsó la construcción de un nuevo puente, una actuación cuyo coste se situó en torno a los 5 millones de euros, con el objetivo de mejorar la comunicación con la península y facilitar el acceso al complejo.
Aquella inversión tenía una lógica evidente: si se quería convertir La Lastra en un centro ambiental, turístico y educativo de referencia, primero había que hacer posible la llegada de visitantes. El puente fue, por tanto, mucho más que una infraestructura. Formaba parte de la apuesta por convertir La Lastra en un destino.
Durante aquellos años se sucedieron las inversiones. Se levantaron edificios, se acondicionaron caminos y espacios exteriores y se prepararon las instalaciones necesarias para recibir visitantes y grupos.
Se compraron camas, mobiliario, cocinas, equipamiento informático y otros elementos destinados a poner en funcionamiento el complejo. También se plantearon actividades educativas, programas de formación y diferentes iniciativas relacionadas con la naturaleza y el desarrollo rural.
En 2001, las noticias de la época reflejaban la dimensión de las expectativas. Se hablaba de decenas de puestos de trabajo y de cientos de solicitudes de personas interesadas en trabajar en el futuro centro. La Lastra aparecía entonces como una oportunidad para crear empleo y atraer actividad a una comarca que necesitaba nuevas alternativas económicas.
La apertura y el principio del final
El proyecto terminó convirtiéndose en una realidad y el Centro Medioambiental de La Lastra fue inaugurado en 2003. Después de años de planificación, proyectos, obras e inversiones, aquel espacio comenzó finalmente a funcionar.
Durante aquella primera etapa llegaron a trabajar decenas de personas en las instalaciones. En 2004, se llegó a hablar de medio centenar de trabajadores vinculados al centro. Para Campoo, aquello significaba algo más que un nuevo equipamiento. Significaba la posibilidad de crear actividad económica en torno a un recurso que hasta entonces había sido contemplado principalmente desde la perspectiva del embalse y de su paisaje. La Lastra quería convertirse en destino.
Pero la historia que se había escrito sobre el papel no tardó en encontrarse con la realidad. Los problemas económicos y de gestión de la Fundación Alto Ebro, las discrepancias entre las distintas partes implicadas y las dificultades para encontrar un modelo estable de funcionamiento terminaron comprometiendo la continuidad del proyecto.
Los años siguientes estuvieron marcados por auditorías, cambios en el Patronato, intentos de reorganización y diferentes propuestas para recuperar la actividad. Incluso se plantearon fórmulas de colaboración con la iniciativa privada. Pero las soluciones no llegaron a consolidarse.
El 31 de marzo de 2005 el Centro Medioambiental de La Lastra cerró sus puertas. Habían transcurrido apenas unos años desde que las primeras actuaciones habían comenzado a transformar la península.

Veinticinco años después
Veinticinco años después, La Lastra sigue siendo un monumento a la paradoja: nació para transformar el territorio y hoy perdura como el recuerdo de una gran oportunidad desaprovechada.
El Embalse del Ebro sigue reuniendo un potencial paisajístico, patrimonial y natural incuestionable, y la península conserva un valor incalculable que no se puede construir artificialmente: su propia ubicación. Recuperarla no es tarea sencilla; exige radiografiar el estado real de los edificios, cribar qué se puede salvar y diseñar un modelo de gestión riguroso y sostenible.
Sin embargo, el paso del tiempo no ha apagado una necesidad latente. En un momento en que la comarca clama por alternativas contra la despoblación y los colegios de la región y de toda España demandan constantemente espacios públicos para la educación ambiental y el contacto directo con la naturaleza, La Lastra sigue ahí, esperando que alguien decida, por fin, desbloquear su historia.












