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Opinión

El Ebro nace en Campoo... pero el abandono también

"Año tras año, vecinos y visitantes asisten al mismo espectáculo poco edificante: un entorno natural de enorme valor paisajístico y simbólico mantenido a medio gas, cuando no directamente dejado a su suerte. No por falta de voluntad local, sino por un laberinto administrativo que roza lo surrealista"

El nacimiento del río Ebro en Fontibre, en la Hermandad de Campoo de Suso, sigue demostrando que no todo lo que nace con grandeza recibe el cuidado que merece. El río más emblemático de España no comienza en Zaragoza, aunque a veces así lo parezca por la atención que se le presta, sino en Campoo. Concretamente en Fontibre. Y allí, en su punto de partida, el abandono no es puntual ni reciente: es histórico.

Año tras año, vecinos y visitantes asisten al mismo espectáculo poco edificante: un entorno natural de enorme valor paisajístico y simbólico mantenido a medio gas, cuando no directamente dejado a su suerte. No por falta de voluntad local, sino por un laberinto administrativo que roza lo surrealista.

Ni la Junta Vecinal de Fontibre ni el Ayuntamiento pueden realizar trabajos de mantenimiento, limpieza o conservación -ni siquiera los más elementales- sin autorización expresa de la Confederación Hidrográfica del Ebro. Pero la ironía es mayúscula: la Confederación tampoco actúa. Resultado: nadie toca nada. El perro del hortelano elevado a categoría institucional.

El ejemplo más sangrante se encuentra hoy mismo en el corazón del nacimiento. Desde hace más de un mes, uno de los árboles de la ribera se ha desplomado y permanece atravesado en la cascada de salida del manantial, a la vista de todos. Caído, encajado, abandonado. Un símbolo bastante gráfico de la situación general: si se cae, ahí se queda.

Las quejas son constantes. Cada día pasan por el lugar decenas de personas que pasean, observan y se preguntan cómo es posible que el kilómetro cero del Ebro, un enclave que debería ser motivo de orgullo y cuidado ejemplar, presente este aspecto de desidia prolongada. La respuesta parece estar más en los despachos que en el terreno.

No se piden grandes inversiones ni intervenciones agresivas. Se pide algo mucho más sencillo: sentido común. Permitir limpiar, retirar árboles caídos, mantener sendas y cuidar un espacio que, paradójicamente, está tan protegido que nadie puede protegerlo de verdad.

El Ayuntamiento no puede mover un dedo, ni siquiera segar la hierba, sin exponerse a una denuncia o a una reprimenda administrativa. Aquí no gobierna quien quiere actuar, sino quien puede bloquear. Y bloquear, por lo visto, es gratis.

Así, el nacimiento del Ebro queda atrapado en una paradoja muy española: demasiadas administraciones para cuidar un lugar y ninguna dispuesta a asumir la responsabilidad. Un espacio hiperregulado, vigilado sobre el papel y completamente desatendido en la realidad. El abandono no es un accidente: es el resultado lógico de un sistema en el que nadie decide y nadie responde.

Mientras tanto, Fontibre sigue poniendo el nombre, el paisaje y la paciencia. Los vecinos aguantan, los visitantes se sorprenden y el río inicia su largo viaje hacia el Mediterráneo esquivando ramas caídas, hierbas altas y una sensación de dejadez impropia de un lugar que debería ser emblema, escaparate y orgullo.

Convendría recordarlo de vez en cuando: el Ebro no nace en Zaragoza. Nace en Campoo. Y quizá ya va siendo hora de que en su lugar de origen se le trate con el respeto que recibe cientos de kilómetros aguas abajo.