Acudo al oftalmólogo porque no veo bien este mundo, y aunque me da que el asunto no podrá solucionarlo la doctora, antes de mirarme me hacen firmar la protección de datos. Poco después hago una llamada a mi compañía de seguros, y tan seguro estoy de que el asunto va para largo que pongo el aparato en altavoz para cuando tengan a bien atenderme. Cuando por fin parece que sí, me advierten de que la conversación será grabada, por mi bien y para cuidar mis datos y mi privacidad. Voy al banco, al ayuntamiento, al veterinario y a donde puedan imaginar, y antes del «buenos días» -si hay fortuna y modales- te lanzan el documento para firmar la privacidad del tratamiento de datos.
Me voy para mi pisito pensando que estoy más protegido que nunca. Qué eficacia. Todo controlado... En cuanto llego, me llaman al móvil: número largo y desconocido. Una compañía que desconozco sabe mi nombre, mi tipo de contrato e imagino que mi todo.
Entre la letra pequeña, las cookies de internet y las redes sociales, es posible que nuestra privacidad nunca haya sido más pública y que, en realidad, importe muy poco nuestro permiso para esto o para aquello, porque estamos más que pillados por todos los lados. Lo que en apariencia te protege acaba invadiéndote. Nuestra privacidad está expuesta; la cedemos, no siempre queriendo.
Se nos pide que protejamos nuestros datos cuando, cada vez que entramos en un lugar físico o cibernético, se nos piden más requisitos y datos de todo tipo. ¿Se nos protege o se nos controla? Cada día tenemos menos el control de nuestra vida.
El móvil, ese ente imprescindible, sabe lo que nos gusta y lo que no, lo que queremos comprar y lo que debemos comprar. Consentimos y le damos a la tecla porque sí, porque tenemos prisa, porque navegamos por el ciberespacio como por la vida: aquí, ahora, deprisa, deprisa, «¡en Holanda, señora!».
Son cosas del algoritmo, se dice. Aunque «algoritmos» suene a defensa central del Olympiacos del Pireo griego, es en realidad un asuntillo que nos tiene bien pillados.
Por otro lado, sabemos perfectamente que nuestros datos -quiénes somos, qué hacemos, a qué nos dedicamos, nuestro DNI, el número de empastes y nuestra comida favorita los viernes por la noche- son más que conocidos, y apenas si evitamos que se propaguen o caigan en manos de quienes no deben.
Eso sí, acudes al médico de cabecera de tu madre porque la mujer no se encuentra bien, está demasiado mayor y la cabeza empieza a fallarle; quieres saber qué medicación toma porque no lo lleva bien... y, claro, con mucho dolor de corazón, el galeno te informa de que esa información es confidencial por la Ley de Protección de Datos.
Cada vez más nuestras vidas se asemejan al «Show de Truman».












