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Opinión

Las aceras: un espacio para caminar, no para sortear obstáculos

Las aceras: un espacio para caminar, no para sortear obstáculos

Imagen generada por IA

"No se trata de pedir grandes obras ni de reclamar privilegios. Se trata de hacer que los espacios públicos cumplan la función para la que fueron creados"

Por J. L. Sardina

Las aceras fueron construidas para algo tan sencillo como necesario: caminar por ellas. Son espacios públicos destinados a facilitar el desplazamiento de las personas y, por tanto, deberían ser lugares seguros, accesibles y libres de obstáculos.

Sin embargo, basta con salir a la calle y prestar un poco de atención para comprobar que, en muchos lugares, parece haberse olvidado cuál es la verdadera función de una acera.

Muchos ayuntamientos disponen de ordenanzas y normativas que regulan la ocupación de estos espacios y establecen que deben mantenerse libres para garantizar el paso de los peatones. Sobre el papel, la regulación existe. El problema aparece cuando llega el momento de hacerla cumplir.

Encontramos aceras en las que se han instalado farolas, señales de tráfico, postes, contenedores u otros elementos del mobiliario urbano, algunos de ellos situados prácticamente en mitad del espacio destinado al paso. Puede que para quien camina con normalidad esto sea simplemente una pequeña molestia, pero para una persona que empuja un carrito de bebé, utiliza una silla de ruedas, lleva un andador o tiene dificultades de movilidad, ese obstáculo puede convertirse en una auténtica barrera.

Y no hablamos únicamente de elementos instalados por las administraciones. También existen aceras parcialmente invadidas por rosales, árboles sin podar, setos o vegetación que crece sobre la zona de paso, reduciendo considerablemente el espacio disponible.

En ocasiones, la falta de mantenimiento hace que el peatón tenga que desplazarse hacia la calzada para poder continuar su camino.

A todo ello hay que añadir otro problema que, aunque pueda parecer menor, resulta especialmente desagradable: los excrementos de los perros. Las aceras no son lugares destinados a que los animales hagan sus necesidades sin que sus propietarios se responsabilicen de recogerlas. Caminar por una acera y encontrarse con estos restos, pisarlos o resbalar con ellos no debería formar parte de la experiencia cotidiana de ningún ciudadano.

Y, como si los obstáculos tradicionales fueran pocos, ha aparecido un nuevo elemento: los patinetes. En ocasiones circulan por las aceras, obligando al peatón a apartarse o siendo el propio peatón quien tiene que esquivarlos. El problema no es estar en contra de los nuevos medios de movilidad; al contrario, son una realidad de nuestras ciudades y pueden desempeñar un papel importante.

Pero su utilización debe hacerse respetando los espacios destinados a cada usuario y, sobre todo, garantizando la seguridad de los peatones.

El resultado de todo esto es que caminar por algunas aceras se ha convertido en una especie de carrera de obstáculos: ahora hay que esquivar una farola, después una señal, más adelante una rama, un rosal, un excremento o un patinete. Y mientras tanto, quien tiene dificultades de movilidad, quien lleva un carrito de bebé o quien simplemente es una persona mayor se encuentra con que aquello que debería ser un recorrido sencillo y seguro puede convertirse en una verdadera dificultad.

Quizá deberíamos plantearnos algo muy básico: ¿Para quién están hechas las aceras?

La respuesta debería ser evidente: para las personas que caminan. Por eso sería necesario que las administraciones locales no se limitaran a aprobar ordenanzas, sino que también realizaran una revisión real y periódica de sus aceras. Habría que comprobar dónde están situadas las farolas y señales, si existe suficiente anchura de paso, si la vegetación está correctamente mantenida, si se cumplen las normas de circulación y estacionamiento de vehículos de movilidad personal y si las personas con movilidad reducida pueden desplazarse sin tener que enfrentarse continuamente a obstáculos.

No se trata de pedir grandes obras ni de reclamar privilegios. Se trata de hacer que los espacios públicos cumplan la función para la que fueron creados.

Una acera accesible y despejada beneficia a todos: al niño que camina de la mano de sus padres, a la persona mayor, a quien empuja un carrito de bebé, a quien utiliza una silla de ruedas, a quien tiene una discapacidad y también a cualquier ciudadano que simplemente quiere caminar tranquilamente por su localidad.

Cuidar las aceras es, en definitiva, cuidar a las personas

Y quizá ha llegado el momento de que dejemos de considerar los obstáculos de las aceras como algo inevitable o como pequeñas molestias cotidianas. Una farola colocada en un lugar inadecuado, una señal que obliga a desviarse, una rama que invade el paso, un excremento que nadie recoge o un patinete que circula peligrosamente por donde caminan los peatones pueden parecer problemas aislados.

Pero cuando se acumulan, dejan de ser pequeños inconvenientes y se convierten en un problema de accesibilidad, seguridad, convivencia y respeto por el espacio público.

Las aceras no deberían ser lugares que tengamos que sortear. Deberían ser, sencillamente, lugares por los que podamos caminar.