Más de 60 recreadores han dado vida al día a día y a los intentos de fuga de los oficiales aliados custodiados por la Wehrmacht. El público ha podido recorrer el castillo mediante visitas guiadas, presenciando escenas reales, sin guion previo, mientras asume simbólicamente el papel de observador de la Cruz Roja Internacional, encargado de comprobar las condiciones de los prisioneros.
Colditz se convirtió durante la guerra en un campo de prisioneros de máxima seguridad destinado a oficiales aliados especialmente propensos a intentar escapar. Entre sus muros estuvieron recluidos militares británicos, franceses, holandeses y polacos que ya habían protagonizado intentos de fuga en otros campos. Por esta razón, el castillo fue considerado uno de los centros de detención más vigilados del sistema alemán.
A pesar de las estrictas medidas de control, Colditz se hizo famoso por los ingeniosos planes de evasión ideados por los prisioneros, que recurrieron a túneles, disfraces, herramientas improvisadas y complejas estrategias para intentar burlar la vigilancia.