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Música | Reinosa

De joven promesa a maestro del folclore

Recorrido a la trayectoria de Ángel Manzano, un referente del folclore de la comarca que ha compuesto numerosas canciones como la Misa Campurriana

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Alba Ariz | Vive Campoo | 28/02/2019

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No, no es un lugar extraordinario, sino Reinosa, la localidad a la que Alfonso XIII acababa de otorgarla el título de ciudad. En la Plaza Mayor un niño utilizaba una tiza para pintar el suelo mientras su compañero buscaba dos piedras planas. Iban a jugar a la rayuela. Era 10 de mayo de 1928, para casi toda comarca sólo era un jueves más, pero no para la familia de la cocinera del Servicio Social, que esperaba el nacimiento de Ángel, un músico de melodía campurriana que no evita narrar su vida, aunque en su opinión, "no tiene grande interés". "A la gente le parece que hay que dar relevancia a eso, pero yo no se la doy, lo he hecho porque ha sido una cosa que me ha agradado", asegura Manzano, autor de la Misa Campurriana.

Manzano aún tardaría 10 años en encontrarse con Juan José Guerrero Urreisti, el creador de la polifonía popular y del folclore campurriano al que conoció en el Colegio San José. En una jornada que trascurría con toda la normalidad con lo podía hacerlo un día lectivo, el compositor del actual Himno a la Montaña (Himno de Cantabria), inmerso en la búsqueda de niños, elegía a varios para formar los coros campurrianos, que ensayaban en la planta superior del edificio ubicado frente a la Fuente de la Aurora. "Al oírme cantar me dijo Guerrero, tú de solista con Chelo Caíña", recuerda, "cantaba muy bien aquella mujer".

Transcurrían los años y Urreisti continuaba dando clases a la joven promesa, mientras ésta ocupaba sus horas en estudiar un oficio en la Escuela de Aprendices de La Naval por la mañana, y en ensayar con su cuadrilla Rataplán en su tiempo libre, "al salir de la fábrica no chisporroteábamos por ahí, me imagino que por la carencia económica, dónde íbamos a gastar un duro si no lo teníamos", rememora, "íbamos al local que habíamos alquilado a La Maura y a Constantino en la Plaza de las Casetas". Pagaban 20 pesetas al año. Una cantidad bastante menor a la que se gastaba el domingo o la jornada en que la Calle Mayor de Reinosa presenciaba como, acompañado de sus amigos, "hacía ese paseíllo para coincidir a la contra con las chavalucas".

Con una intención clara, la cuadrilla Rataplán organizaba celebraciones en aquel local donde, en ocasiones, invitaban a las "chavalejas". Horas de diversión de adolescentes que estaban ambientadas por las melodías que desprendía el picú, que reproducía el único disco que tenían. Se componía de dos canciones. Eran pasodobles. Una diversión que, indirectamente, presenciaban los dueños de la estancia, "es admirable su predisposición para aguantar a 20 chicos y a 16 chavalas toda la tarde con el tiritititiri, y media vuelta, y otra vez el tirititiri".

Casi una veintena de años hacía de su nacimiento cuando Urreisti, en un ensayo de la Banda de Música, le dijo: "Te voy a dar una trompeta". En ese momento, el no tan principiante músico de folclore ya tocaba en el Trio Andoman, un conjunto conformado por Manuel Antuñano, Domingo Solórzano y él mismo. Estaban "totalmente intoxicados" por las canciones mejicanas. Melodías que, sólo en ciertas ocasiones, interpretaba con la que fue su segunda guitarra, "mi mujer Pilar, entonces mi novia, me prestó el dinero que me faltaba para comprarla".

Una trayectoria que se veía interrumpida, en 1949, por la obligatoriedad del Servicio Militar. Manzano no quiso desprenderse de la música, "había sido toda mi vida" y por eso el joven ingresó en la banda del Regimiento San Marcial número 7 de Burgos, del que, tras más de diez meses, no había podido irse a casa de permiso. "Yo decía, pero bueno, cuándo me van a dejar, pero claro no podías ir con imposiciones a la mili, y menos en aquellos años", explica, "si me voy a poner flamenco me dicen tú al paredón, y ya está, uno menos, ¿qué le ha pasado?, está muerto, le entró gripe y se murió".

Durante 18 meses, el joven de 21 años fue uno de los integrantes de un cuarteto de cuyo nombre no puede acordarse, integrado por el Alférez Calderón. Con él, actuaban en celebraciones como el Día de la Patrona de Infantería. En 1951, dejaba la mili para regresar a La Naval, y a casa.

Urreisti ya no daba clases, pero Manzano continuaba tocando instrumentos como la trompeta o el trombón en la Banda de Música y en la Orquesta Casino. Con ésta última, tuvieron "muchos éxitos". Y es que, como era consciente de su "memorión", prestaba especial atención a los acontecimientos importantes como Eurovisión, "entonces, ponía la radio y con un magnetofón grababa la canción, esa misma noche la trascribía en una partitura para poder ensayarla e interpretarla al día siguiente en una sala de conciertos". En ella estuvo 25 años, hasta 1980.

Siete años después, la Asamblea Regional de Cantabria, presidida por Ángel Díaz de Entresotos, oficializaba la canción del Himno de la Montaña como himno de Cantabria, "entonces me dije, coño Manzano, pero para qué quiero esto aquí". "Inmediatamente la oferté, pero no me contestaron", revela, "tras un tiempo reincidí por si acaso debido a unas circunstancias anormales no habría llegado la primera petición, pero la respuesta fue la misma". No fue hasta el mes pasado cuando, animado por su hijo Jesús, la volvió a enviar. Se referie Manzano a la partitura orginal del Himno a la Montaña que el propio Urreisti entregó a Manzano.

Circunstancias que se desarrollaban mientras el señor Manzano desempeñaba la función de director en la Banda de Música y de la agrupación folclórica Ecos de Ebro, con la que el ya maestro de música viajó a Argentina invitado por la Casa de Cantabria, "actuamos en muchos lugares, pero nunca olvidaré la jornada que tocamos en el Teatro Colón de Buenos Aires",  expresa, "fuimos por el 500 aniversario del descubrimiento de América".

Todo esto unido a las innumerables experiencias a relatar conforman los noventa años de Ángel Manzano, un músico que también ha formado parte de las rondallas del Frente de Juventudes, de los Nocturnos o del grupo Boston Jazz, y que continúa siendo miembro activo de las rondas de Aguilar y de Las Fuentes. Un amante, también, de las noticias y la puntualidad que no duda en reconocer que la música le ha dado la vida, como la poesía, con la que por carta se despedía, de sus compañías más queridas.

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